Un mundo lleno de pollas filipinas

Hay muchas cosas que me atraen de Joselito Altarejos Ang Lihim ni Antonio (El secreto de Antonio): Una descripción franca, no sentimental y complicada de la sexualidad adolescente (no tan angustiosa ni honesta como la de Cabeza de toalla, pero tampoco tímida), un énfasis en las tomas largas con un estilo documental sin prisas ("voy a rodar esta escena hasta que lo consiga todo"), algunos montajes de planos encantadores y encuadres ingeniosos, a menudo oblicuos y, por último, un reparto atractivo y natural de actores amateurs. Entre los cuales se encuentra también uno de los sementales filipinos más calientes y con más cuerpo que he visto nunca, que interpreta de forma convincente a un chico de alquiler en algún momento.

De todos modos, me encantan las películas lentas, pero uno de los planos más sencillos y eficaces de la película muestra sólo a la madre de Antonio cepillándose el pelo frente a un espejo, durante el tiempo que sea necesario para que ese acto, y sus expresiones sutilmente cambiantes, digan algo, o muchas cosas.

¿Qué es lo que falla?

La didáctica pro-gay de algunos diálogos no me molestó tanto, aunque la voz en off superflua me molestó bastante, ya que creo que es una etapa educativa por la que pasa la mayoría del cine nacional gay. Es posible que el director Altarejos pensara que era necesario, dado su deseo de llegar a un público más amplio, presumiblemente algo remilgado. Aunque esto último me parece un poco, eh, difícil de tragar, dado que todos estos filipinos multigeneracionales y no profesionales aceptaron participar en una película que mostraba, en dos ocasiones, a un chico de 15 años haciéndole pajas y mamadas a su tío de 25 años.

(Me reí a carcajadas cuando, después de que Antonio acabara de chupársela a su tío en el piso de arriba, la madre de Antonio le da un beso de despedida y le dice: "¡Qué mal aliento tienes!" Más humor como ése, por favor)

Aun así, el sermón gay se hizo más apetecible y encantador en el hecho de que la mayor parte de la educación viene por boca de un amigo de 15 años del protagonista, experto en Google y heterosexual pero no estrecho.

La fuerza motriz de todo lo malo que ocurre en esta película es la (hetero)sexualidad masculina. Los hombres heterosexuales son la fuente de todo el mal del mundo, ya sea el padre ausente de Antonio, o la forma en que el tío cachondo trata a su familia, o más inmediatamente, cómo usa y abusa del sobrino loco por el sexo que comparte su cama. Las cosas se ponen mucho, mucho peor, pero como creo que merece la pena ver esta película, no voy a estropearla.

No sería exagerado describir El Secreto de Antonio como una película que sufre de heterofobia, un prejuicio que se extiende a todos los personajes masculinos principales, incluso a Antonio, limitando su caracterización tan severamente que se define casi exclusivamente por una sexualidad pasiva. Todos los hombres son tan imbéciles que el violento y dramático clímax de la película parece forzado y telegrafiado, y tampoco es especialmente creíble. Lo peor de todo es que era innecesario, y tengo que estar en desacuerdo con su premisa.

El desenlace, en cambio, me sorprendió y devolvió a Altarejos a sus mejores instintos. Basta con decir que el secreto de Antonio no es que sea gay.

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